Un Rosario por Chile: La lección de una centenaria abuela chilena
El pasado 8 de diciembre de 2012, Un Rosario por Chile fue invitado a estar presente y animar a los feligreses que visitan el histórico Santuario de La Purísima en la Villa La Compañía, aledaña a Graneros, en la sexta región de Chile.
Este recinto, que el fervor y piedad de los feligreses constituyó a lo largo de los siglos como Santuario para honrar a la Santísima Virgen María y el dogma de la Inmaculada Concepción, apenas podía contener los miles de peregrinos (aproximadamente cien mil visitantes entre el 7 y el 8 de diciembre al decir de los agentes pastorales del Santuario); creyentes que en esta fecha magna acuden a pagar mandas, agradecer, confesarse, orar ante la imagen de “La Purísima” o participar en alguna de las eucaristías que hora tras hora se suceden, dando así el marco adecuado para celebrar el dogma que reconoce al único ser humano que –por voluntad y acción divina- ha sido concebido sin pecado… posibilitando con ello que ella, la Santísima Virgen María, pudiere ser la Madre del Hijo de Dios.
Como en otros lugares donde hemos participado difundiendo el rezo del rosario por las intenciones que promueve esta cruzada, dispusimos una mesa (escoltada a cada costado por un pendón que identifica a Un Rosario por Chile), donde situamos un buzón para que las personas pudieren depositar allí la hojita en que prometen a la Virgen unirse a Un Rosario por Chile rezando el rosario o al menos una decena de Ave Marías periódicamente. Los cuatro voluntarios apenas dábamos abasto para repartir a los miles de feligreses que circulaban por el lugar, volantes informativos y regalando un pequeño folleto que enseña cómo rezar el rosario. Todo parecía transcurrir como de costumbre, pero Dios nos regalaría una lección de fe inesperada…
Ella surgió de entre la muchedumbre, acercándose a la mesa que habíamos dispuesto, con su menuda figura, sonriendo alegre, disfrutando como la que más de estar en aquella fiesta de amor a la Santísima Virgen. La saludamos, al tiempo que le ofrecíamos un volante y el folleto educativo del rosario. Su mirada se posó un segundo en los impresos que tomó con su arrugada mano y sin mediar palabra de nuestra parte nos habló… sólo un par de frases, pero que –aunque breves- contenían una lección de fe, profunda y vital, por su sencillez y fidelidad sostenida a lo largo de toda una vida…
“Yo vengo aquí desde los seis años. Entonces me traía mi mamita. Ahora, que tengo 97, vengo solita no más. Vivo en Santiago, en Puente Alto, ¡pero nací aquí en la zona, en Santa Cruz! Espero cada año este día. ¡Cómo no venir! ¡Si yo perdí la vista, ¿sabes?, y le pedí a mi virgencita aquí que rogara a Dios para poder sanar ¡y ahora veo! ¡Me lo concedió! (dice sonriendo, mientras toma la mano del voluntario que la escucha con respetuoso silencio).
Pero eso no es todo, yo sé que ella llevó al cielo a mi hijo que murió a sus 47 años. Por eso vengo también, para agradecerle. ¡Tenemos tanto por agradecerle a ella y a nuestro señor padre Dios!”
Quedamos mudos, impactados por la vitalidad de su testimonio. Sólo preguntamos su nombre… “María Esther Cartagena Morales”, dijo, al tiempo que dando un beso en la mejilla al voluntario se despedía caminando sin prisas, llena de alegría, plena de Dios y presencia de la Santísima Virgen.
Esta centenaria abuela chilena, como muchas otras del mundo, son símbolo vivo de la devoción que niños, hombres y mujeres de todas las edades hemos recibido como herencia y que Un Rosario por Chile también alienta.
Historia del Santuario Inmaculada Concepción de La Compañía
Cuenta la tradición oral que a mediados del siglo XV las tierras de La Compañía fueron habitadas por los Incas, pueblo que pacíficamente se dedicaba a la agricultura y la minería. Los Incas habrían designado como legítima propietaria de esas tierras (que posteriormente serían conocidas como Hacienda de Codegua), a la Cacique Elvira de Talagante; derechos que posteriormente serían reconocidos por don Pedro de Valdivia. Con el tiempo las tierras de la Hacienda fueron heredadas por don Alfonso de Campofrío y Carvajal y doña Catalina de los Ríos y Lisperguer (‘La Quintrala’) quien era nieta de la Cacique Elvira.
Los primeros registros documentados señalan que el 23 de septiembre de 1628, don Alfonso y doña Catalina donaron sus tierras a los jesuitas, quienes constituyeron la Hacienda de La Compañía. Sobre la fecha en que esta congregación construyó la primera iglesia no existe consenso. Algunos historiadores sitúan la inauguración en 1670 y otros en 1758.
La expulsión de los jesuitas de nuestro continente en 1767, les obligó a salir de esas tierras que habían atendido por más de un siglo. Ellos dejaban atrás muchas obras, también iglesia que albergaba la imagen de la Santísima Virgen como símbolo explícito del amor a Dios que habitaba en la comunidad católica de la zona. Fueron ellos quienes poco a poco, con su fervor irían convirtiendo el lugar en destino de peregrinación y santuario para honrar a “La Purísima” (Inmaculada Concepción).
En el transcurso de los años la propiedad pasó por distintos arrendatarios, para posteriormente salir a remate y ser adquirida, en 1771, por don Mateo Toro Zambrano, quien fuera primer presidente de la Junta Nacional de Gobierno en 1810.
A mediados de 1900, la Villa La Compañía le pertenecía a Manuela Correa de Lira y Margarita Correa de Cerveró, bisnietas del Conde de la Conquista. Cuando ellas fallecieron, la capilla de la Villa pasó a manos de los padres Pasionistas, congregación que desde 1945 se dedicaba a predicar misiones y atender distintas capellanías, entre ellas El Carmen y La Compañía.
Debido a las necesidades espirituales de la población, esta capilla-santuario es elevada, en 1974, a la calidad de parroquia, dedicada a la Inmaculada Concepción (La Purísima).
Cuando en 1995 el Seminario Mayor Cristo Rey se traslada a la localidad de Graneros, la atención de esta parroquia queda a cargo del equipo de sacerdotes formadores.
El terremoto del 27 de febrero de 2010 destruyó el edificio de la iglesia que Monseñor Goic, obispo de la zona, espera poder reconstruir pronto. Pero la falta de la iglesia no ha sido ni será obstáculo para vivir la fe y celebrar año tras año, hasta el fin de los tiempos, a nuestra madre Santísima.